Pinceladas de historia guarijía

Los guarijíos actuales constituyen dos grupos que viven en territorios que, aunque son contiguos, en realidad están separados, pues sus integrantes no guardan casi relaciones entre sí, están organizados de manera propia y hablan variantes de una misma lengua: los de Sonora y los del vecino estado de Chihuahua, en el noroeste de México. En este territorio de la Sierra Madre Occidental se asientan los Warojíos o Warijós, como se nombran a sí mismos los de Chihuahua, quienes viven en localidades de los municipios de Chínipas, Moris y Uruachic, en la meseta donde se forma el Río Mayo. Siguiendo este mismo río abajo se encuentran los Guarijíos o Mahkurawes, asentados en el pie de la Sierra, entre los 200 y 300 metros sobre el mar, en los municipios de Álamos y Quiriego, en el sur de Sonora. Como se aprecia en la Figura 1, el Río Mayo constituye el eje del hábitat guarijío en ambos estados.

Asentamientos Guarijíos en Sonora y Chihuahua. Fuente: Haro et al. (1998)

No se conoce con exactitud el número de integrantes del pueblo guarijío. Aun cuando el Censo 2010 reportó la existencia de un total de 2,136 hablantes de lengua guarijía en el país se estima que su número real puede exceder a 4,000 personas, puesto que fuentes diversas, como son los propios registros de las comunidades y algunos trabajos etnográficos publicados, permiten considerar que actualmente hay al menos 2,500 integrantes de este pueblo en Chihuahua y 1,800 en Sonora (Romano 1982, Zolla et al. 1994, Porras 1997, Vélez y Harriss 2000).1

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La lengua materna guarijío-mahkurawe está emparentada tanto con el idioma mayo como con la lengua tarahumara, lo cual indica el papel que ha tenido esta etnia como bisagra entre la cultura de los cahitas y los pueblos serranos, como los rarámuri, tepehuanes y pimas, quienes comparten rasgos culturales tanto lingüísticos como rituales (Olmos 2010).2 Los guarijíos son la herencia sintética de un devenir histórico que vincula a varios de los pueblos ancestrales de la gran macro-región que constituye el noroeste mexicano y el suroeste estadounidense y expresan una voluntad de supervivencia que es admirable, en vista de su reducido número, lo cual se explica también por la convivencia estrecha de este pueblo con la región geográfica que lo ha albergado históricamente al modo de una “región de refugio”, que ha logrado permanecer -hasta cierto punto- al margen de la depredación de la industria extractiva.

Bendición del maíz. Fotografía de Alejandro Aguilar Zeleny

Existen testimonios históricos muy tempranos sobre la existencia de este grupo en las barrancas de la Baja Tarahumara, donde se establecieron varias misiones jesuitas desde 1620, primeramente en la región de los mayos/yoremes, al sur de Sonora y norte de Sinaloa (Pérez de Ribas 1645).3 Si bien al inicio hubo buena acogida para los planes misionales (Polzer 1973), muy pronto se registraron varias rebeliones que culminaron en una expedición militar que asesinó a miles de guazapares, témoris y varohíos.4 Los que se creían restantes fueron llevados a la fuerza a los pueblos de Vaca y Toro en Sinaloa y al pueblo mayo de Conicárit (“donde cantó el tecolote”), hoy sepultado por las aguas de la presa Mocúzarit. Durante más de trescientos años se pensó que los guarijíos habían desaparecido como pueblo (Ocaranza 1930).

Los colonizadores españoles y mestizos llegaron a la región guarijía de Sonora en el siglo XVIII, procedentes de Álamos inicialmente y posteriormente desde Sinaloa.5 La tradición oral menciona que ya había indígenas en la región, a quienes lograron someter mediante diversas estrategias, que incluyeron en algunos casos el reclutamiento forzado y en otros casos el establecimiento de relaciones de trabajo muy desfavorables para los trabajadores, sin que se registraran cambios en su situación de vida, aun a pesar de los movimientos de la independencia mexicana de España en 1810 y la revolución mexicana de 1910, que repartió tierras a campesinos e indígenas en otras partes del país (Aguilar Zéleny 2010). Se desconoce en que momento histórico los guarijíos que antes vivieron en Chihuahua y que sobrevivieron a las guerras de colonización se asentaron en los actuales territorios en el Río Mayo, pero esto debe haber sucedido entre los siglos XVII y XVIII, cuando se registró la fuga de varios indígenas reducidos en el Mayo. Posteriormente sobrevino la decadencia de las misiones serranas en la Baja Tarahumara, después de la expulsión jesuita (1776), cuando seguramente los guarijíos ya estaban divididos.

Debido a su historia y ubicación geográfica, los guarijíos son uno de los pueblos menos conocidos en México, puesto que existen muy pocos estudios sobre el patrimonio arqueológico en esta zona que pudieran ofrecer datos sobre la cultura original y los desplazamientos del grupo (Hinton 1983, Haro y Valdivia 1996).6 En la década de 1930 un investigador estadounidense (Howard Scott Gentry) realizó un reconocimiento etnobotánico por el Alto Río Mayo y describió la existencia de un pueblo indígena distinto de los tarahumaras de la Sierra Madre de Chihuahua y de los mayos de Sonora, a la vez que realizó un exhaustivo recuento tanto del nicho ecológico del río como de la cultura de los warihios (Gentry 1942, 1963).

Bendiciendo el alba. Fotografía de Alejandro Aguilar Zeleny

Sin embargo, en México nadie se enteró de que este grupo logró sobrevivir, hasta que en la década de 1970 sucedieron varios hechos que hicieron aparecer a los guarijíos como un pueblo indígena recién descubierto por el gobierno y la sociedad mexicana (Ramírez 1979), e incluso por la sonorense (Landeros 1976, Pesqueira 1983, Rodríguez Espinoza 1981, Villavicencio 1990). Esto sucedió gracias a un ejercicio político de gestión realizado por un agente independiente canadiense (Faubert 1975, 1976) ante el gobierno mexicano, que tuvo como logro no solamente el reconocimiento de la existencia de este grupo y la apertura de un Centro Coordinador del Instituto Nacional Indigenista, (hoy Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, CDI) en la localidad de San Bernardo, municipio de Álamos, en Sonora (Valdivia 1994).7

Como antecedentes importantes en la historia del grupo están las incursiones que realizaron guerrilleros de la Liga 23 de Septiembre en 1973, puesto que fue un evento que logró sembrar en algunos guarijíos la posibilidad de liberarse de la situación de peonaje que vivían con los yoris (nombre local de los blancos), lo cual desembocó en la constitución del ejido Guajaray compuesto por campesinos guarijíos, mayos y mestizos (1973), en el marco de la Reforma Agraria (Lagarda 2007).

En la década de 1980, gracias a las gestiones del INI, el gobierno mexicano les otorgó territorios a los guarijíos que estaban sin tierras, también en el régimen de dos nuevos ejidos (Ejido Guarijíos-Burapaco y Guarijíos-Los Conejos), cuando comenzó lo que ellos llaman “la cuenta nueva”, un proceso de reivindicación étnica, organización social, económica y política, de resurgimiento cultural y de apropiación y ordenamiento de su territorio (Aguilar Zéleny 2010). Actualmente los gusrijíos de Sonora están organizados en cuatro núcleos distintos, cada uno de los cuales tiene su propio gobernador tradicional. Estos están distribuidos territorialmente, de acuerdo a los tres ejidos que se consideran guarijíos y una colonia aledana al pueblo de San Bernardo.

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1 Cabe señalar que según el mismo Censo es posible estimar la población guarijía en al menos 3,024 personas que viven en un hogar donde se habla esta lengua. No obstante, también es factible suponer que el Censo no logró abarcar todas las rancherías y parajes donde viven guarijíos pues hasta la fecha se trata de una zona de muy difícil acceso.

2 La lengua guarijía es, al igual que otras lenguas del noroeste mexicano y suroeste estadounidense, de la familia Yutoazteca. Está emparentada con otros idiomas de la rama sonorense y el subgrupo taracahita de esta familia, al que pertenecen también las lenguas rarámuri (tarahumara), yoeme (yaqui) y yoreme (mayo). La lengua guarijía posee dos dialectos: el de las montañas (Upland Warihio) y el del Río (River Warihio, Miller 1984). Algunos trabajos realizados por lingüistas destacan la originalidad de la lengua guarijía debido a que expresa un orden constitutivo flexible y de orientación altamente pragmática, a través de sus estructuras morfo-sintácticas (Félix 2006).

3 Hay registros que datan y refieren una numerosa tribu conocida como varohíos desde 1588 cuando una expedición, comandada por el capitán Diego Martín de Hurdaide y Bartolomé Mondragón, registró la existencia de 700 varohíos en un reconocimiento por la sierra de Chínipas. En los inicios se registró un período de rápida expansión evangelizadora y colonial en el que se fundaron las misiones y visitas de Concepción de Vaca y San José de Toro (1620), San Andrés de Conícari (1621), Santiago de Huites (1625), Nuestra Señora de Uarojíos (1626) y Santa Inés de Chínipas (1627).

4 Una de las rebeliones más sonadas ocurrió en 1632, cuando en Tajirichi, Misión de Nuestra Señora de Uarojíos, tuvo lugar una revuelta de guazapares y varohíos bajo el comando del cacique Cobamei. Como represalia se organizó una expedición punitiva desde el presido de Montesclaros a cargo del capitán Pedro de Perea, exterminando a 800 guarijíos y guazapares. Los restantes 400 fueron concentrados en los pueblos de Vaca y Toro en Sinaloa y en Conicarit, población cahita actualmente sepultada por las aguas de la presa Mocúzarit.

5 Es de suponerse, como señalan algunos autores (Porras 2000, Haro y Valdivia 1996, Vélez y Harriss 2004) que el éxodo de los guarijíos a Sonora fue un proceso paulatino que se dio quizás incluso antes de la llegada de los españoles, debido a que la tradición oral de los guarijíos relata del comercio ritual y de la sal con cahitas de Agiabampo, como también se documentan testimonios de que algunos se regresaron desde los valles a la sierra. Como señala Francisco Xavier Alegre (1955), los guarijíos fueron masacrados “…fuera de unos pocos que se quedaron viviendo como fieras en los montes, o se agregaron a algunos otros pueblos de gentiles”. En cuanto a los yoris, existen evidencias de que el primer hombre blanco que se posesionó de estos terrenos fue un influyente personaje granadino, Don Bartolomé Salido y Exodar, a quien la Provincia de Sinaloa otorgó en 1797 los predios de Burapaco, Guajaray, Los Conejos, El Palmar y La Sauceda. Debido a un accidente familiar este prohombre se asentó en la ciudad de Álamos. Posteriormente, a inicios del siglo XIX (1810-20), estos terrenos son fraccionados y vendidos a distintos miembros de la familia Enríquez (Agapito, Antonio y Aureliano), quienes ocuparon respectivamente los ranchos de Burapaco, Miramar y Gocojaqui, mientras que Guajaray fue para Felipe Argüelles, entre otros predios resultantes (Haro 1981).

6 Según señalan arqueólogos del INAH-Sonora, los primeros reportes de asentamientos prehispánicos en la región guarijía fueron realizados por Gordon Ekholm (Americam Museum of Natural History), quien informó sobre dos sitios próximos a San Bernardo (Ekholm 1940, 1947, Gallaga 2006: 46). Richard Pailes (1965, 1976) realizó estudios arqueológicos entre Álamos y Chorijoa, donde registró nueve sitios habitacionales cerca de San Bernardo y de Chorijoa. Al iniciar la década de los noventa el profesor Lombardo Ríos, estudioso del arte rupestre y responsable del Museo Regional del Mayo en Navojoa, localizó sobre el cauce del río Mayo, a la altura de Chorijoa, diez sitios con petrograbados. Se trata de grandes rocas que llegan a contener de cuatro a cincuenta grabados, con asociación de restos cerámicos y líticos (Ríos: 1990). En 1996 el Arqlgo. Júpiter Martínez (programa INAH-PROCEDE), registró dos sitios habitacionales y uno con pintura rupestre en las inmediaciones de Guajaray. Los Guarijios de Colonia Makurawe, Mesa Colorada y Guajaray han señalando la presencia en la región de diversos lugares con restos de ollas y metates así como pinturas en abrigos rocosos y cuevas (comunicación personal de Tomás Hernández y Cesár Quijada, INAH-Sonora). Merecen señalarse además otros trabajos arqueológicos efectuados en el sur de Sonora, puesto que denotan no solamente la existencia de culturas ancestrales (Huatabampo) en la cuenca del Mayo y los numerosos intercambios de bienes, no solamente entre la sierra y la costa sino entre la amplia región del gran noroeste mexicano/suroeste estadounidense y el resto de Mesoamérica (Fay 1953, 1955).

7 Posteriormente, otros investigadores publicaron numerosos documentos sobre el pueblo, la región y la cultura de los guarijíos: (Piorunski 1977, Valdivia 1978, Haro 1981, Colorado 1986, Franco 1991, 1995, García 1991, Dodd 1992, Vélez y Harriss 2004, además de otros).

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Un comentario en “Pinceladas de historia guarijía

  1. Mi impresión es que los guarijíos pintan su huella donde la plantan. ¿Quién, que haya convivido, no ha sido tocado por ellos? Un detalle que impresiona: hay muchas descripciones sombrias que dicen que son un pueblo mustio y reservado. Quien los conoce sabe que no conocen esa máscara de la formalidad que es, o era antes del NewSon, NUESTRO ABSURDO. Pero ese es tema de otro cantar, desde luego, porque, en verdad, la cultura mahkurawe y la cultura del “Nuevo Sonora” no tienen puntos de contacto. Pero ahora se trata de testimoniar la jocosidad que es patrimonio de los guarijíos en sus expresiones ya en confianza. La verdad es que no dejan moro con tranchete y en esto son iguales a sus compadres mayos. ¿Qué diría Ruth Benedict?. ¿Y el subsecretario AP?

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