Recursos naturales y genéticos de los pueblos indígenas

Se calcula que más del 90% de la diversidad biológica que subsiste en el planeta se encuentra en las regiones tropicales y subtropicales de África, Ásia y América del Sur. En la conservación de esta diversidad biológica de la tierra desempeñan un papel fundamental los pueblos indígenas, aunque no se limitan a este campo puesto que, además de ello, sus conocimientos ancestrales y tradicionales constituyen la base de muchos de nuestros alimentos y medicinas.

Se calcula que el 80% de la población mundial continúa dependiendo del conocimiento indígena para satisfacer sus necesidades médicas. En la misma línea de argumentación, se puede comprobar que de las especies vegetales del mundo -35.000 de las cuales, por lo menos, tienen valor medicinal-, más de dos tercios son originarias de los Estados subdesarrollados o de Estados en vías de desarrollo. Además, más de 7.000 compuestos medicinales utilizados por la medicina occidental son derivados del conocimiento de las plantas. Teniendo en cuenta estos datos, es fácil, concluir que a lo largo de los últimos años las comunidades indígenas han contribuido significativamente, entre otros ámbitos, a la agricultura industrial, a la industria farmacéutica y también a la industria biotecnológica.

mazorcas-de-coloresNo es casualidad que buena parte de la biodiversidad del planeta se encuentre en los territorios de los pueblos indígenas. Para ellos, la naturaleza nunca fue un recurso natural, fue siempre parte de su propia naturaleza como pueblos indígenas y, en consecuencia, la preservaron siempre que pudieron para escapar de la destrucción que ha caracterizado al mundo occidental1. Sin embargo, hoy en día, puede que esto esté cambiando puesto que las empresas transnacionales, vinculadas sobre todo al ámbito farmacéutico, biotecnológico y de la ingeniería genética, están adoptando políticas empresariales que se orientan a intentar transformar y visualizar a los indígenas como recursos, pero no de trabajo sino como fuentes de recursos genéticos, es decir, en instrumentos de acceso no ya a los minerales que albergan sus territorios sino, a través del conocimiento tradicional, a la flora y la fauna bajo la forma de biodiversidad2.

Los pueblos indígenas y las comunidades locales que reafirman sus derechos bioculturales basan sus reclamaciones en un doble fundamento: por un lado, puesto que la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica de las comunidades depende de una “forma de vida”, los derechos bioculturales deben proteger esa forma de vida; y, por otro lado, la “forma de vida” relevante para la conservación y la utilización sostenible de la diversidad biológica está vinculada a la tenencia de la tierra, a los derechos de uso y los derechos a la cultura, a los conocimientos y a las prácticas.

Así, los derechos bioculturales establecen el vínculo entre la comunidad, es decir, la pertenencia a un pueblo y el respeto a sus ecosistemas. En síntesis, podemos afirmar que el espíritu de los derechos bioculturales está estrechamente ligado a la protección de los recursos naturales y los recursos genéticos de las comunidades diversas y a las técnicas para preservarlos.

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No podemos olvidar que los recursos genéticos siguen siendo hoy en día la base de la mejora de las variedades de semillas agrícolas o de las medicinas para un 80% de la población mundial que sigue utilizando la medicina tradicional basada principalmente en tratamientos que utilizan plantas de forma directa como base de su sanidad primaria.

Además de esos usos tradicionales la moderna biotecnología ha convertido a los recursos genéticos en la materia prima de importantes progresos de creación de productos con un altísimo valor añadido. Al frente de estos mercados biotecnológicos está la industria farmacéutica seguida por la agroindustrial, la fitosanitaria y la cosmética, entre otras. A pesar de estar basados todos ellos en la utilización de recursos genéticos como su materia prima, no generaban usualmente retorno alguno de beneficios a la fuente de dicho desarrollo. En otras palabras, mientras los recursos genéticos procesados ganaban la protección de derechos de propiedad intelectual -las patentes- nada retribuía la base de aquel desarrollo, sin el cual no podría haber tenido lugar3.

huerto diverso

La industria biotecnológica y las nuevas biotecnologías en las que se basa han producido unos cambios significativos en el tratamiento de los recursos genéticos4 y ello ha incidido en el territorio en los que se encuentran. Así, por ejemplo, sólo en los territorios indígenas se encuentran organismos bacterianos y hongos que contribuyen a la fabricación de testosterona, antimicóticos, antibióticos, antidepresivos, etc. Es por ello que las grandes empresas multinacionales farmacéuticas y biotecnológicas han venido, particularmente en la última década, apropiándose de las plantas y los conocimientos indígenas con una inexistente o una mínima contrapartida para los pueblos autóctonos, procesando luego estas sustancias y patentando los procesos y al mismo tiempo los productos que a partir de ellas lanzan al mercado. La revolución biotecnológica y la ingeniería genética han conferido un valor estratégico cada vez mayor a los recursos genéticos de los pueblos indígenas, así como un potencial de valorización económica difícilmente cuantiticable.

Ante estas circunstancias, se están generando evidentes consecuencias. En primer lugar, hoy en día las comunidades indígenas ya no controlan el material genético que necesitan para su supervivencia. Mucho de este material genético está ya almacenado en los Estados desarrollados bajo el control de sus diferentes industrias. Casi el 70% de todas las semillas recolectadas en los Estados subdesarrollados o en vías de desarrollo se encuentran en el poder de los Estados occidentales poseedores de centros internacionales de investigación agrícola. En segundo lugar, la protección de la propiedad industrial salvaguarda el conocimiento generado por las multinacionales pero deja sin protección alguna el conocimiento indígena a partir del cual es obtenido el conocimiento científico. Las solicitudes de patentes de biodiversidad se multiplican cada día, y, a este paso, en breve, los campesinos de los Estados del Sur tendrán que pagar patentes por productos que originariamente fueron suyos.

recursos animales genéticos

Ante esta perspectiva, un tema clave en estos aspectos es el de la bioprospección. En la mayoría de los casos, la bioprospección inicial utiliza la puerta del saber tradicional de agricultores o comunidades indígenas o locales. A ese saber tradicional previo, que normalmente es común y no excluyente, no le protege todavía hoy ningún derecho de propiedad intelectual y se están produciendo numerosos casos de apropiación indebida de dicho conocimiento por parte de empresas multinacionales que llegan a patentar ese conocimiento como innovación propia.

Es por ello que las negociaciones sobre el acceso a los recursos genéticos y reparto de beneficios que intentan regular las actividades de bioprospección a nivel internacional han tratado de encontrar un compromiso y un equilibrio entre las diversas formas en que la diversidad biológica puede ser valorada, privatizada y comercializada y, lo que es más importante, en qué términos.

Si nos detenemos en el análisis del concepto de bioprospección observamos que se basa en el reconocimiento de la importancia del descubrimiento de productos naturales para el desarrollo de nuevos cultivos y medicamentos, a menudo basados en el conocimiento tradicional. Así, deberíamos poder describir la bioprospección como la exploración de la diversidad biológica de los recursos genéticos y bioquímicos de valor comercial. Por ende, si se realiza de forma adecuada puede contribuir en gran medida al desarrollo ecológicamente racional y regresar beneficios a los custodios de los recursos genéticos. En este sentido, una visión positiva de esta técnica nos permite apreciar un escenario en el que “todos ganan” -en el que la participación de los beneficios y los conocimientos indígenas o tradiciones son respetados y la investigación científica aporta grandes beneficios para la humanidad-; sin embargo, ha habido casos en los que la explotación de los recursos ha tenido efectos insignificantes o nocivos para la conservación de la diversidad biológica y las comunidades locales.

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Pensar la eficacia únicamente en función de los Estados desarrollados, o de intereses científicos o empresariales puede conducir a regímenes demasiado flexibles que no impongan límite alguno a la apropiación de la biodiversidad ni mecanismos de control, y eventualmente puedan producir erosiones o impliquen el retorno al régimen de acceso libre e irrestricto que tampoco parece haber propiciado las alianzas científicas, o la transferencia tecnológica, ni haber generado mayor conservación, conocimiento de la biodiversidad o soluciones a necesidades de nutrición y salud5.

Se ha intentado cambiar esta situación, de forma que la utilización de los recursos genéticos pueda generar beneficios no sólo a las empresas en Estados en desarrollo, que elaboran sus productos a partir de dichos recursos, sino que redunden en los Estados de origen, donde se han obtenido, dado que la diversidad biológica mundial está distribuida en proporción inversa a la capacidad científica y tecnológica. Por tanto, el objetivo final también debería consistir en reducir esa brecha tecnológica y conseguir un incentivo directo para la conservación y la utilización sostenible de la biodiversidad.

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En síntesis, la cuestión del acceso a recursos genéticos y reparto de beneficios derivados de su utilización fundamenta su aspiración en la necesidad de generar oportunidades para todos, de continuar el desarrollo de nuestro planeta, pero que ese desarrollo repercuta en toda la población mundial. Es, en cierta medida, una cuestión de justicia social; dar valor a recursos de aquellos que conservan la biodiversidad de nuestro planeta, creando incentivos para que su modelo de desarrollo no se base, como así ha sido en las culturas occidentales, en la destrucción de los ecosistemas y en la pérdida de especies, sino que se estructure a partir de la conservación y el uso sostenible de su biodiversidad, al deber a ella, a su subsistencia, parte de la riqueza económica del Estado. Esta cuestión social para los pueblos indígenas, junto con otras de sus muchas reivindicaciones, ha encontrado apoyos en el actual Derecho internacional.

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[Extracto de Los derechos humanos emergentes bioculturales: el camino hacia Nagoya, David Bondía García, en DERECHOS EMERGENTES. DESARROLLO Y MEDIO AMBIENTE 2011]

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1Los fuertes lazos entre los pueblos indígenas y su medio ambiente demuestra que los recursos biológicos y culturales deben de ser tratados juntos como una manifestación holística de la vida y su diversidad en la tierra.

2En este sentido, ver: DE SOUSA SANTOS, B.: El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política, ILSA/Editorial S.A. Madrid, 2005, pág. 149.

3Uno de los ejemplos más paradigmáticos es el descubrimiento de la planta Rosy perwinkle en Madagascar, de la cual se obtuvieron dos alcaloides, Vincristine y Vinblastine. Estos productos han demostrado ser potentes productos anti-cancerígenos y a la vez extremadamente lucrativos. Ninguna parte del proceso de investigación y desarrollo de estos productos tuvo lugar en Madagascar y por supuesto ninguno de los importantes ingresos generados por ese descubrimiento y posteriores desarrollos ha supuesto beneficio alguno para ese Estado, sus habitantes o su biodiversidad.

4Por ejemplo, la separación entre alimentos y medicamentos desparece, dando origen a una nueva gama de productos nutraceúticos.

5LIZARAZO, O. A.: “Protocolo de Nagoya: ¿Freno a la biopiratería o soberanía de papel? Eco Perspectiva, Eco-Guía, 2011, pág. 19.

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Ver también:

Patrimonio biocultural y derechos indígenas. Los Guarijío de Sonora y la presa Pilares, Jesús Armando Haro 2015

Guía Explicativa del Protocolo de Nagoya sobre Acceso y Participación en los Beneficios, 2013

Protocolo de Nagoya sobre Acceso y Participación en los Beneficios, 2011

El patrimonio biocultural de los pueblos indígenas de México, Eckart Boege 2010

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